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Hola, me llamo Jéssica: Soy una 'sin papeles' y tengo miedo PDF Imprimir E-mail
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Lunes, 13 de Diciembre de 2010 10:29

JESSICA MARIDUEÑA

Por JÉSSICA MARIDUEÑA GUERRERO

Periodista, miembro de la asociación Comunicadores por la Integración y la Cooperación (CIC) 

Los ‘sin papeles’ no tienen ángel de la guarda, ni derechos humanos que los ampare. Los bellos se me erizan. Huelo el acoso aún a miles de metros de distancia. Las pupilas se dilatan. Cual ventilador giro mi cabeza a todos los lados. No, no es delirio de persecución. Mi localizador particular de maderos sospechosos está activa. Siempre. Mi sistema no descansa ¿Cómo? Si su asedio tampoco.

Siento como si hubiese entrado en estado de ebullición. Sudo sin parar mientras mi corazón palpitante no da tregua. El miedo crea sus códigos en mi piel. No es mío, al menos no directamente, pero encuentro imposible no caer en sus garras con tanta cacería de seres humanos en diversas provincias españolas. No hay límites en la misión. La Policía irrumpe en cualquier espacio social, ante cualquier persona, de cualquiera de las formas.

El miedo me invade por momentos y me roba la tranquilidad cuando recuerdo las redadas antiinmigrantes u observo las fotografías que exponen a través de su proyecto Fronteras Invisibles los españoles Edu León y Olmo Calvo, que aún en calidad de perseguidos, están decididos a mostrar lo que el Gobierno niega. Encomio a los superhéroes de este siglo.

Y sigo hablando del espectro que me atormenta. Es como un virus. Así visualizo yo al miedo cuando veo cómo actúa en aquéllos que sienten el asedio. Se expande desencadenando a su paso males. Los que lo sienten se encierran, se deprimen, bajan sus defensas hasta convertirse en seres vulnerables, imposibilitados de atajar patologías o crisis familiares. Me debilito por momentos. Diagnóstico: miedo.

En calidad de inmigrante nunca me pidieron mis papeles. Nunca. Ni siquiera cuando literalmente me deshice de mi pasaporte, siguiendo las recomendaciones de los abogados, frente a mi condición de irregular, en 1999. Hasta a Italia viajé sin ningún documento ‘legal’, solo portaba mi visa de ciudadana del mundo. Nunca dejé que el miedo me hiciera su presa, pero hoy lo siento por ellos. Me descubro por momentos también mirando a los lados, esclava del temor; hoy sí, por ellos. Soy una residente legal, pero a estas alturas me siento una ‘sin papeles’, como ellos. Mañana será igual, seguiré siendo una ‘irregular’ con todo lo que eso implica en la sociedad y, para más etiqueta, seré portadora de miedo –se convertirá en mi nuevo pasaporte- y mi vida como la de ellos yacerá en el suelo. Así viviré mientras se mantenga el hostigamiento.

¡Cómo cambian los tiempos! Antes, las oraciones de mi madre funcionaban, hasta mi ángel de la guarda resultaba eficiente. Pero para ellos no hay plegaria, ni ángeles que los ampare, los encuentro desprotegidos o, al menos, son tantos los afectados que pese a que las madres y los ángeles trabajan a doble turno, no dan abasto.

Cuando hay miedo, hay desigualdades. Con él se fortalecen los gobernantes, mas no las sociedades; su prosperidad está en el optimismo.

Derechos humanos, que les pregunten a ellos si es una fecha para conmemorarse. Yo no festejo. Lo siento, pero me embarga el miedo.


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