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Felicidad no es española... PDF Imprimir E-mail
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Lunes, 20 de Diciembre de 2010 15:07

ILIER NAVARRO

Por ILIER NAVARRO

Periodista, Redactora Responsable de RedInmigrante.es

Hace unos días leía en Facebook un comentario sobre el nacimiento de una bebé subsahariana en una patera. La pequeña sobrevivió de milagro, gracias al calor que le proporcionaron los compañeros de travesía de su madre y al abrazo cálido de un agente de la Guardia Civil que la asistió durante el rescate. Por cierto, a él y a sus compañeros les mando todos mis respetos desde esta humilde columna, su labor es digna de admiración.

Como decía, me sorprendió el interés del lector sobre la situación administrativa de Felicidad –Happyness, en inglés, que es como han bautizado a la recién nacida: ‘Entonces la niña no ha nacido en España, ¿no? De ese modo no debería haber papeles para la madre, ¿o la puede registrar como española? Perdonad mi ignorancia... digo esto al margen de lo dura que es la travesía y demás, no hace falta matizarlo!!’

De inmediato le aclaré su error, recordando que es una creencia generalizada que el nacimiento de un niño de padres extranjeros le da ‘papeles’ de forma automática a sus progenitores. Es lo que tiene el prejuicio: se extiende sin límites, sin atender razonamientos, incluso contra la realidad palpable. El lector en cuestión agradeció la explicación.

No ha sido el único en interesarse por la nacionalidad de la recién nacida. Una reconocida agencia de noticias ha publicado una información en la que fuentes de los ministerios de Justicia y de Trabajo e Inmigración aseguraban que Felicidad no es española. Se pudo comprobar la nacionalidad de la madre y, por tanto, la pequeña viajera es nigeriana. La sensación que me queda tras el debate sobre si Felicidad es española o extranjera es de una falta de humanidad inconsciente. Hemos llegado a cuantificar la inmigración, a tratarla como un ‘fenómeno migratorio’, como una cifra, hasta el extremo.

Hemos logrado ‘cosificar’ a los inmigrantes, olvidando que detrás de ellos hay personas que buscan mejores condiciones de vida, como esas temerarias futuras madres que se suben con su barriga de ocho meses a una patera, creyendo que el nacimiento de su bebé le abrirá las puertas de la legalidad. No son las únicas. También están los jóvenes profesionales que llegan a trabajar en lo que sea, con la esperanza de poder hacerlo algún día en algo relacionado con sus estudios. O el padre de familia, que no pierde la esperanza de contar con un piso adecuado y de cumplir todos los requisitos para reagrupar a su familia.

Todos ellos, de forma legal o irregularmente, buscan mejorar su vida. No es tan difícil entender esa aspiración tan humana. Aunque en los tiempos que corren, con las altas tasas de desempleo que existen en España, con la falta de crédito, con las empresas que quiebran, con los datos, las estadísticas y los porcentajes que han invadido el día a día de todos nosotros, resulta fácil olvidar la condición humana de los migrantes y de todas las personas que hay detrás de ellos. La alarma suena a diario en los medios de comunicación y en el discurso político.

El sábado pasado, 18 de diciembre, Día Internacional de los Migrantes, no debió ser una excepción, una suerte de isla rodeada de un mar turbulento. La dialéctica xenófoba se extiende de tal forma que parece de vital importancia saber si la pequeña Felicidad es española o nigeriana, dejando en segundo y tercer plano el drama de nacer en una patera y su milagrosa supervivencia. Está claro: Felicidad no es española ¿Y la esperanza de una vida mejor? ¿Y la esperanza de que acabe la crisis? ¿Es sólo española o una aspiración de toda la humanidad?


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